Crónica de madera

Mauro Gurevich

No creo en los títulos nobiliarios, en la sangre de príncipe ni en los beneficios superfluos que otorga una corona. Pero cuando fuiste un par de veces capanga en el feudo de la gloria es, al menos, mezquino trocar en el mercado recuerdos gloriosos por ilusiones pasajeras.

Y vos -como Cacho- fuiste parte de todos esos momentos, tablón. Nunca nos pudimos despedir. Por eso quiero reivindicarte.

Porque sos un lugar común lleno de frases por hacer.

Porque tu corteza ablandó la textura de la mía.

Porque la desunión de tus maderas me obsequió un chiflete que astilló los tobillos más de una tarde. Más de una noche. Más de una vida.

Porque me regalaste los abrazos más sentidos con mi viejo y con mi hermano.

Porque festejamos amasijados en la muchedumbre.

Porque sufrimos en el desamparo ensordecedor.

Porque tu perspectiva me concedió una visión optimista.

Porque fuiste mi primer mango de pibe: después de cada partido, la zona de juegos era una alcancía popular que pagaba el pebete de mortadela y queso cargado… La especialidad preparada por José en la despensa de Rojas.

Porque tu para avalancha no resultó un freno a mi ímpetu adolescente.

Porque tu playón fue mi primera escuela de caídas.

Nuestro diálogo nació y murió en mute. El silencio es un sonido subestimado, tablón. En esos intercambios sin palabras, nos contamos un montón de cosas. Cuando hay silencio estamos expresando, tablón. Decimos todo lo que no queremos decir. O susurramos cuando el griterío tapa -cómplice- nuestras penas, tablón. El silencio es una elección como el habla. Y mucha gente no lo sabe, tablón.

Se me nubló la vista, tablón. Desde la cabecera de enfrente lloro tu vacío.

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