Yo también fui el héroe alguna vez

Manuel Gómez Franco

Yo era pibe, muy pibe. Más pibe que ahora era. El living de mi casa entonces amplio, justo en la puerta doble que daba paso al corredor, formaba una suerte de arco y, mi hermana, 3 marzos menos que aquel pibe, hacía las veces de arquera. Desde entradita la tarde, hasta las vísperas de la vuelta del trabajo de papá (porque papá no quería saber nada con una hija haciendo de Goyco), ella era la arquera. Yo era Pobersnik.

Recuerdo golazos que me hubiera gustado ver en replay. Recuerdo, borrosamente, gambetas a la humanidad de la hermana arquera y definiciones sutiles. Goles del goleador que no fui, sí, también tuve aires de rebotero alguna vez. Mi hermana fue arquera de Vélez -casi siempre-, de San Lorenzo, de River, de Boca, de Brasil; mi hermana fue Chilavert, uf, tantas veces. Y yo era Pobersnik, y Pobersnik era un goleador de alta alcurnia en ese living. Me gustaba el apellido de Mario, más que algo.

Los partidos rara vez tenían resultados holgados. El relator que, claro, también era yo, hablaba de scores ajustados y relojes exiguos. Ahí cuando todo parecía perdido aparecía Pobersnik, pegadito al escritorio de la computadora para empezar un slalom imaginario con final de gol para empatar el partido o para ganarlo, para dar vuelta un clásico o para salir campeón del mundo.

Hace un par de años largos ya no soy más Pobersnik. Mi hermana estudia abogacía y no los gestos de los pateadores. El goleador, el héroe, el ídolo de un barrio que siempre aparecía cuando las papas quemaban hace rato colgó los botines. No hubo más triunfos agónicos ni retos de mamá. Ya no vivo en esa casa de living generoso. El Pobersnik que fui ahora es oficinista.

Pero esta tarde lo vi. Con otro nombre, con otra cara, algo bastante más viejo. La cancha no era de parquet sino de césped. El arco era arco y no una puerta. Lo vi. Me vi. No era yo, pero yo me vi. El relator, que esta vez tampoco era yo contaba las monedas que le quedaban al tiempo de juego, hablaba de lo heroico de un triunfo a esa altura. Ahí, justo ahí la pelota mordida cayó donde estaba parado ese Pobersnik real y moderno. Ahí, justo ahí abrió el pie mirando el arco, la desvió levemente con un plus de fuerza y altura y salió corriendo, besándose el escudo una y otra vez, boca ancha llena de gol. Como soñamos todos los que nos abrazamos festejando ésta y tantas otras veces, como lo hacía yo vestido de Pobersnik por los pasillos de mi casa.

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