La subcomisión de Cultura de Ferro y el Departamento de Cultura de la AFA seleccionaron un cuento de nuestro Melena, para publicar en el libro «El Fútbol y sus Cábalas.
A continuación transcribimos el mismo para que los «Verdolagas» lo puedan leer y esperemos, disfrutar.
El libro se presentó en la Feria del Libro y ha sido un honor representar al club en esta edición, aunque más nos hubiera gustado más jugar de cuatro en la primera.
Un poco de autobombo.
Abrazo verdolaga
LA ESTATUILLA
Pedro siempre se consideró un hombre racional al extremo, nada que no se pudiera demostrar le interesaba.
A sus sesenta y dos años, era ateo, no tenía pareja (Adhería al axioma del General Perón que expresaba “Yo no hago el amor, lo compro hecho”) y no tenía hijos.
Lo que sí no podía negar es que era algo supersticioso, más que nada porque, como solía decir, “las brujas no existen… pero que las hay las hay”. Era la única irracionalidad que se permitía. No pasaba jamás por debajo de una escalera, los martes trece no salía de su casa y respetaba más que nada las supersticiones que podían invocar un mal.
Le faltaban tres años para jubilarse y desde la, para él, “bendita pandemia”, ejercía su tarea de administrativo desde la tranquilidad de su departamento de dos ambientes, en la calle Rojas y Aranguren,
Una vez por semana perdía toda racionalidad: lloviera o tronara, iba a la cancha a ver a su amado Ferro Carril Oeste.
Sus padres lo hicieron socio desde su nacimiento, en el sesenta y tres. En todos estos años casi que no había faltado a ningún partido. El fanatismo se lo había transmitido su progenitor y su vida, a partir de ahí, giró siempre sobre el Verdolaga.
Como todos, pasó momentos buenos y malos, ascensos, descensos, campeonatos ganados y perdidos ¡Hasta una quiebra! Y aún así su pasión nunca disminuyó, pero el descenso del año dos mil y sus veinticinco años de jugar en categorías del ascenso, habían exacerbado su estoicismo.
Pese a esto, nunca se le había cruzado por la cabeza hacer promesas o usar cábalas para obtener el preciado ascenso. Él pensaba que la única manera de lograrlo era “haciendo las cosas bien”. Ni siquiera consideraba importante el aliento ni ninguna situación extra futbolística… hasta una noche de marzo del dos mil veintiséis.
Cuando recibió el mensaje de José citándolo al bar de la calle Arengreen no se sorprendió, era su mejor y único amigo, lo conocía desde la secundaria. Los dos eran los únicos que compartían una irrefrenable pasión por Ferro. Habían experimentado viajes y canchas desde el año setenta y seis, siempre juntos. Lo que si le extrañó es que lo citara diez minutos antes de las doce de la noche. Lo último que sabía de él es que se había ido de viaje turístico por Oriente Medio y no mucho más.
El bar era amplio y aparentaba haber tenido mejores épocas que, claramente, no eran estas. Olía a una mezcla de fritura y café express que, aunque no pareciera, en su mixtura generaban un agradable aroma. En el fondo se encontraba José bebiendo una cerveza. Le hizo un gesto con la mano y lo llamó. Pedro, al dirigirse a la mesa, no pudo evitar notar un paquete mediano envuelto en una tela de lino, colocado sobre una silla. Se sentó en el asiento libre y observó en José una expresión que lo desconcertó aún más que el bronceado que tenía. Con los ojos desencajados y manos temblorosas su amigo se inclinó a un costado y tomó al paquete:
—Tomá es para vos— dijo con un tono ansioso
—Buenas noches, Pedro ¿cómo estás tanto tiempo? — respondió Pedro con sorna.
—No hay tiempo. Tenes que abrir el paquete y aceptar el regalo antes de la medianoche—.
Pedro tomó el paquete, miró a José un tanto preocupado por el estado mental de su amigo, consultó el reloj y vio que faltaban cinco minutos para la medianoche. Abrió el paquete y en su interior había una estatuilla pequeña de una mujer que extendía unas alas. Sobre la cabeza presentaba una corona en forma esférica y sus ojos eran rasgados. Parecía de oro, pero dudó que lo fuera. La dama se posaba sobre una especie de pedestal con inscripciones jeroglíficas del antiguo Egipto. La reconoció enseguida.
—Una estatua de Isis ¡Justo lo que necesitaba! — usando de nuevo la ironía.
—¡Si, si! ¡Aceptá el regalo! — José sudaba y se secaba la frente con una de esas servilletas de bar que jamás logran tal cometido.
Pedro resopló e hizo una pausa dramática. Cuando consideró que faltarían diez segundos para la medianoche, sin abandonar el tono burlón, dijo
—Acepto tan hermoso regalo—
La expresión de José cambio completamente. Su rostro mutó en una felicidad extrema. Se levantó de la silla, se abalanzó sobre Pedro y lo abrazó. Luego volvió a tomar asiento.
—¡Vamos Pedro todavía! ¡Sabía que no me ibas a fallar! — Empinó el chopp de cerveza y lo bebió sin respirar. Pedro aguardó con paciencia a que su amigo se tranquilizara, pero mientras lo hacía, lo miraba fijamente. Estuvieron callados unos minutos hasta que Pedro, con indignación rompió el silencio.
—¿Me vas a explicar que es esta locura o llamo al Borda?
José lo miró.
—Una estatuilla de Isis, como bien dijiste, la Diosa de la magia… y otras cosas que no me acuerdo. La compré en Egipto, en un puesto callejero. Concede tres deseos—
—Si ya sé. Después que la compraste el puesto desapareció— dijo Pedro que ya se sentía un poco culpable por ser tan sarcástico
—¿Cómo sabes?… bueh, no importa. El tema es que concede deseos. —
—¿Y para qué me la regalas y no la usas vos?
—Porque los deseos se los concede a la persona que el poseedor de la estatuilla se la regala. Yo la compré. A mí no me va a conceder nada. Te la regalo porque sé que sos el único que va a pedir los deseos que yo quiero— José miró a Pedro a los ojos y luego giró la cabeza mirando un banderín de Ferro que colgaba en una pared con humedad.
—¡Ah, vos querés que yo…!
—¡¡¡SHHHHHH!!! No puedo saber tus deseos— José que se había abalanzado sobre Pedro para callarlo, se paró y comenzó a dirigirse a la salida. Desde la puerta gritó.
—¡Nos vemos mañana en la cancha! — Y salió del bar sin mirar atrás.
II
Mientras Pedro caminaba hacia la cancha reflexionaba sobre la noche anterior. En el bolsillo de su campera llevaba la estatuilla, a la que no le había pedido ningún deseo todavía y no podía evitar sentirse tonto.
Ingresó a la platea por la entrada de la Avenida Avellaneda y como tantas veces en tantos años, subió los escalones pensando que este tenía que ser el año del ascenso. Todas las primeras fechas de todos los veinticinco torneos anteriores sintió lo mismo, no podía evitarlo. Se sentó en la platea junto a su amigo.
—¿Pediste un deseo? — Lo interrogó José.
—Si, la paz del mundo y que se acaben las guerras— Contestó Pedro.
José lo miró con rabia.
—¡Dale boludo! ¿Lo hiciste o no?
—Si, José, no rompas más los huevos— Mintió mientras los equipos salían a la cancha.
El partido contra Atlanta se mostraba cerrado hasta que a falta de quince minutos los de Villa Crespo se pusieron uno a cero. Pedro, sorprendido, se notó tomando la estatuilla que llevaba en su bolsillo y pensando para sí “Quiero que ganemos este partido”. Increíblemente, Ferro marcó tres goles en diez minutos para ganar el encuentro.
A cada gol su amigo abrazaba a Pedro como si él los hubiera conseguido y si bien estaba feliz, no podía dejar de pensar cuánta responsabilidad tenía la estatuilla en el resultado final. Terminado el partido, Pedro se fue a su casa, desoyendo la invitación de José de tomar unos vinos en el bufet del club.
Ya en su hogar, sacó a la diosa y la revisó. Se detuvo en la inscripción que había en la parte baja de la estatuilla y le despertó curiosidad. Recordó que un compañero del trabajo una vez le había comentado que salía con una mujer que estudiaba arqueología. Pensó en enviarle una foto para saber si podía ayudarlo a traducirla, pero, rápido, desechó la idea. Mirando a la figura dijo en voz alta.
—A ver qué tan poderosas sos ¡Quiero llegar a la final del torneo! — Y la guardó en el cajón de un escritorio.
Las siguientes fechas Ferro engarzó cuatro derrotas consecutivas. Esto a Pedro lo enfureció, pero solamente por la situación, no había vuelto a pensar en la estatuilla. En cambio, José estaba demudado. En su cuerpo no cabía más tristeza. Pedro alternaba entre consolarlo y burlarlo. En cada viaje su amigo invocaba alguna “magia” del lugar donde iba. Había puesto un papelito en el Muro de los Lamentos, invocado a los lepechaus de Irlanda y hasta se lo había pedido a los Moais de la Isla de Pascua que, supuestamente, ni siquiera tienen poderes. A todos les había pedido lo mismo: ¡el ascenso! pero ¡¿a quién se lo podía ocurrir creer que una estatuilla egipcia, comprada a un embaucador, podía conceder deseos?!
El campeonato siguió avanzando y el equipo de Caballito mejoró su andar, alternando buenas con malas. Llegada la última fecha, las posibilidades de acceder a la final del campeonato todavía eran posibles, pero se tenían que dar resultados que a simple vista parecían imposibles.
Para empezar, Ferro tenía que ganar en Jujuy, algo ya de por sí bastante difícil, pero, además, tres equipos que estaban por delante del Verde tenían que perder. Si esto ya era improbable, un cuarto equipo, Desamparados de San Juan, tenía que hacerlo por seis goles de diferencia enfrentando a Unión de Mar del Plata, que estaba último es su zona.
Los partidos se disputaban a la misma hora. José y Pedro habían quedado en encontrarse a ver los encuentros en el departamento de este último. Antes que llegara su amigo, el dueño de casa sacó la estatuilla del cajón del escritorio, donde había estado todo el campeonato, y sosteniéndola frente a sus ojos le lanzó un ultimátum
—¿Me vas a cumplir el deseo de jugar la final? ¿sí o no?
Cuando comenzaron a disputarse los partidos el de Ferro se encaminó: un gol casi “desde el vestuario” adelantó a los de Caballito. En las demás canchas no pasaba mucho, pero por lo menos Ferro cumplía lo que tenía que hacer. Las cosas cambiaron radicalmente en el segundo tiempo. Los tres rivales que competían con el Verde recibieron goles exactamente al mismo tiempo y Unión de Mar del Plata marcó dos.
Hasta ahí, el único rival que impedía el acceso a la final era Desamparados que, si bien perdía, no lo hacía por los seis goles que lo eliminaba.
El final en Jujuy era dramático y Ferro se defendía como podía. Faltando cinco minutos para que terminara el encuentro, una lluvia y una tormenta eléctrica provocó la suspensión del partido, lo más extraño fue que hasta unos minutos antes el clima era soleado.
A esa altura Desamparados perdía por cuatro goles, contaba con dos jugadores menos y en un rato, dos jugadores más se lesionaron. El equipo sanjuanino había realizado todos los cambios y al quedar con siete jugadores no pudo evitar que su rival marcara otras dos anotaciones que sellaron el seis a cero en contra.
José saltó del sillón con lágrimas en los ojos y se abrazó con su amigo. Pedro quien, paralizado, no creía aun lo que veía.
—¡Vamos a ascender, Pedro! ¡Te dije que esa cosa cumplía los deseos! — Pedro estaba feliz, pero por dentro disputaba una lucha interna. Su raciocinio no le permitía creer que la responsable de todos estos singulares acontecimientos era la estatuilla, pero esa era una de sus luchas. La otra, la más cruel, la que no podía apartar de su mente era que él había pedido llegar a la final, algo que se había cumplido. Todavía le quedaba un deseo más. Pedro podía pedir lo que le parezca: riqueza, fama, sexo, cualquier cosa que se le ocurriera. De última, no veía porqué Ferro no podía ganar la final sin que él se lo pidiera a Isis.
El viaje a Córdoba, donde se disputaba la final, fue un calvario para Pedro. Había esperado veinticinco años este momento y ahora se debatía entre la culpa y la ambición, entre el raciocinio y la fantasía.
Meditaba si había hecho bien en, finalmente decidirse y en la semana mandarle la foto de la estatuilla a su compañero del trabajo para que la novia le tradujera lo que decía el pie de esta.
José se había quedado en Buenos Aires. Decía que lo había prometido cuando hizo El Camino de Santiago, en Compostela, pero Pedro sospechaba que había ido porque su corazón no lo resistiría.
En el bolsillo de la campera Pedro llevaba la estatuilla. Tuvo algunos problemas para ingresarla al estadio, pero hizo tal escándalo que lo dejaron pasar.
Las tribunas estallaron cuando los equipos salieron a la cancha. El ambiente era de una tensión angustiante.
Como toda final, el encuentro era malo, jugado al límite de la legalidad y muy cortado. Pedro ya había terminado un atado de cigarrillos en el primer tiempo. Para el segundo, comenzó a pedir a su alrededor.
El cero a cero parecía no variar nunca, pocas llegadas y pocas emociones, pero a los asistentes poco les importaba.
Cuando menos lo esperaba le sonó el celular. Decir que lo escuchó seria inexacto, lo llevaba en el bolsillo de su camisa y el vibrar del aparato le hizo suponer que por fin el infarto había llegado por él para acabar con su sufrimiento. La ausencia de otros síntomas lo hizo darse cuenta que era su móvil.
Faltaban dos minutos para que terminara la final. Observó la pantalla, era un contacto desconocido. Se preguntó quién llamaría en ese momento, sin embargo, algo dentro lo hizo atender. En ese momento el mundo estalló a su lado, miró hacia el campo de juego y vio al árbitro marcando penal, por un instante no supo para quién, hasta que los abrazos de los extraños a su lado y los gritos de aliento lo despertaron de ese momento de falta de lucidez.
¡Penal para Ferro!
Y ahí comprendió todo, por sobre todas las cosas entendió que siempre lo había comprendido. Ya no necesitaba que la voz femenina que le hablaba por el celular y que apenas escuchaba, le dijera algo. Entendió palabras sueltas “Invocación”, “maldición” “entrega”. Sabía que había esperado sesenta y dos años para ese momento, que en realidad siempre lo había deseado más que nada y ahora era el instante.
La voz femenina del otro lado de la línea cada vez hablaba más alto, daba recomendaciones, alertaba, pero Pedro no escuchaba, su estado entre epifanía y nirvana era más fuerte. Sacó la estatuilla del bolsillo y miró hacia el campo de juego donde el nueve de Ferro tomaba carrera para patear el penal. Cerró los ojos. Sabía lo que tenía que hacer. Jamás estuvo tan convencido de algo, su vida se resumía en ese instante. Levantó a la diosa. Sus labios apenas se movieron.
El árbitro ordenó la ejecución.
Nombre y apellido: Guillermo Pablo Criscuoli
Seudónimo: Melena




