La vida por los colores

Manuel Gómez Franco

«Caballeros -irrumpió Emilio Silvio Languasco ante sus pares de Comisión Directiva-, la camiseta a partir de ahora tiene que ser verde. Verde, sí, señores. Porque verde esperanza y nunca pierde».

Languasco (de anteojos, a la derecha de la foto), socio fundador y directivo del naciente Ferro de 1911, sugería con entusiasmo reemplazar la pilcha estilo Aston Villa, de color borravino y mangas celestes, por una verde que ahuyentara la mala suerte y cortase la racha de 7 derrotas en fila que arrastraba el equipo. La dirigencia dio lugar a su propuesta y el -por entonces- Club Atlético del Ferrocarril Oeste de Buenos Aires cambió el look. Y cambió también el viento: Oeste arrasó en la temporada siguiente y terminó gritando campeón en la división Intermedia de 1912 , tras ganarle la final a Racing en cancha de Quilmes.

Don Emilio, de familia italiana, era Jefe de la estación de tren de Caballito. Fue uno de los impulsores de la apertura a la comunidad de un club hasta 1914 reservado a empleados del ferrocarril. En 1920 se convirtió en el sexto presidente de la institución, y en los cafés del barrio la gente se refería a Ferro como la «Murga de Languasco», tal como lo hacía el periodismo de la época. Hoy en el tablón, sin ir más lejos, suele escucharse a más de un viejo vociferar en el éxtasis del kick off el «vamos la Murrrrgaaa» de ilusión lustrosa y erres arrastradas, tradición inconsciente de una herencia eterna.

El bisnieto de Don Emilio, Carlos Languasco, es coleccionista empedernido, fana fiel de los colores -claro-, pero perfil subterráneo. «Es de familia la timidez -me dice en su anticuario de San Telmo. En 1971, el arquitecto Etcheverri fue a comer a lo de mi abuelo (el hijo de Emilio), del que era compinche, para contarle que estaban pensando ponerle Emilio Languasco al nuevo gimnasio cubierto que estaban terminando debajo de la platea. Mi abuelo lo frenó, y le pidió que le pongan Héctor Etchart, que era un gran amigo suyo. Nunca le había interesado figurar.»

Tal es así que hoy sólo una placa en la entrada de la sede social le da color a un personaje perdido en el tirano y gris olvido. A un dirigente de los que ya no. Que después de zafar del descenso en 1913 gracias a un penal que no fue, se acercó al vestuario del árbitro para encontrar una explicación a tamaño yerro: «Sabe, Don Emilio… una institución como ésta no puede irse al descenso», le explicó el juez.

Languasco fue, por sobre todas las cosas, un futbolero de ley. Que se opuso fervientemente a cualquier tipo de fusión del equipo de fútbol con Chacarita Juniors, como proponían algunos sectores elitistas en los años 40. Que después de cualquier derrota se encerraba con cara larga y boca muda: su mujer entendía, pero le advertía -hecho el duelo-, una y otra vez, que ese estrés iba a pasar factura. Y un día, una tarde, una de esas derrotas le sacudió el corazón: un infarto cerebrovascular lo dejó hemipléjico, destinado a una silla de ruedas y un futuro coartado. Al poco tiempo, aún jóven y en su casa de Avellaneda y Cucha Cucha, murió. Él, como ningún otro, pensando en verde. En verde esperanza…

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