Maldito Carrascosa

Clanma

Eran épocas duras de inicio de secundaria y materias que se iban a marzo como agua entre las manos. Porque no había diciembre en el calendario de los que remoloneaban a la hora de estudiar geografía y esas cosas raras tan distintas a una número 5.

Ferro estaba en la B, sólo de paso, como estuvo casi siempre hasta que nos estrellamos en el nuevo milenio y se acabó la «leyenda del corcho», esa que decía que nos hundíamos pero al toque volvíamos a la A. El inicio del secundario era complicado, pero más lo era entender los campeonatos de la B de entonces, que eran 3: Clasificación, Campeonato y Reclasificación A/B. Ferro gana el «Campeonato» tranquilamente, como sucediera más de 30 años después en 2002, pero increíblemente, como la última vez, tampoco ascenderá. Luciendo la camiseta mas linda que le ví en mi vida (al menos en el tono de verde inglés), Oeste se floreó en el año con un equipo que sabíamos de memoria cuando llegábamos por Espinosa para treparnos a los queridos tablones, la mano de mi viejo arriba de mi hombro. En el arco, León Martínez garantizaba por partido una sensación de terror con su particular estilo «descontracturado» , algo así como un Gatti segunda selección. El Gallego Navas y el Flaco Etcheverry sostenían la defensa, Leonardi sumaba su cuota de salida prolija y pegada, Tartaglia y Garmendia aportaban el sacrificio, el Tano Micó corría la cancha, el Gomita Vidal hacía magia con sus frenos y Weber, e se ídolo silencioso que yo admiraba, humildemente la mandaba a guardar cada 2 x 3. A la derecha de Vidal jugaba un tal Ricardo Pérez, el mejor pateador de penales que hubo, todos al ángulo. Como aquél que sumó para el glorioso 3 a 1 a San Telmo, el rival a vencer una tarde nublada de Caballito. El asunto es que Ferro gana el torneo que lo debía haber ascendido de una, pero el capricho de la AFA era jugar un torneo con los 2 mejores de la B con los 2 peores de la A (en canchas neutrales) para saber cual era el único equipo que jugaba en primera el año siguiente. Y en ese cuadrangular, que reunió a San Telmo y Ferro por la B y a Banfield y Morón por la A, el verde empató con el Gallito, le ganó a los de la Isla Maciel y terminó jugando el partido definitorio con el Taladro, una noche calurosa de diciembre del 69, muy cerquita de la Navidad.

Y aquí retrocedo el relato al secundario.
Aquellas malas notas me habían cortado de cuajo el plan de irme solo a ver a Ferro, y por primera vez solo, a la cancha de Racing, que era el escenario neutral elegido. El plan disfrazado de visita a un amigo donde me iba a quedar a dormir, todo muy pulcramente pergeñado por días.

Como a Diego muchos años después, me habían cortado las piernas. Así que esa noche terminé triste y amargado en la cama, la portátil al mínimo volumen haciendo equilibrio en la oreja y resbalando por las lágrimas de escuchar como se nos iba el sueño del ascenso apenas Carrascosa sacó una pelota con la mano en la línea del arco sin que el árbitro (de cuyo nombre ni quiero acordarme) tomara debida nota. Con el tiempo perdoné a Carrascosa, un 3 que tenía Banfield y que después se hiciera famoso por el campeonato de Huracán del 73 pero mucho más porque se decía que había renunciado a la Selección de Menotti del Mundial 78 sabiendo las atrocidades del Gobierno militar. Y lo volvi a «condenar» años después cuando declaró que su renuncia no obedecía a esas razones…La cuestión es que me quedó trunca la ilusión del ascenso, pero también la de ir a la cancha a ver a Ferro por primera vez solo con mi alma, sin la mano de mi viejo en el hombro.

Una materia pendiente, distinta a las de la secundaria, que pude rendir con suficiencia en el siguiente campeonato, una tarde de sábado desbordante de soll en la cancha de Nueva Chicago, donde nos recibía Comunicaciones y nos despachábamos con un 5 a 0 inolvidable, con un par de goles de mi querido Weber, mientras esquivábamos las piedras que volaban desde el barrio Los Perales…pero esa es otra historia.

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